Ciro, el príncipe de las Muñecas

Érase una vez un príncipe que sólo vivía para sus muñecas.

El reino estaba sobre una inmensa bolsa de caramelo rosa. Y su padre, el Emperador Gadiel, era un habilidoso y miserable hombre de negocios que había sabido explotar ése tesoro. El dinero entraba a raudales en palacio y Ciro, nuestro príncipe, sabía cómo gastarlo.

Su mayor afición consistía en comprar muñecas sexuales. Tenía todo un harén con más de 20 muñequitas dotadas de inteligencia artificial, calor interno, textura UltraRealPlusBlackEdition©, pelo humano y olor HumanXtraRealGoldEdition©. Y seguía comprando una o dos nuevas cada año.

Pasaba semanas customizando su próxima muñeca. La definía hasta el más mínimo detalle: desde un ceceo suave hasta unas arruguitas en los ojos; desde cómo tener un pequeño ataque de celos por follarse a otra muñeca sexual hasta cómo invitarle a hacer un trío con otra de las chicas; desde cómo debían ser sus labios vaginales hasta el olor de los días de mujer. Era un maestro. Las mejores marcas copiaban sus creaciones, pero a él le importaba una mierda. ¿Qué hubiera cobrado por los derechos? ¿Lo que ganaban en una hora abriendo el grifo del caramelo?

Cada una de ellas era una obra maestra. Cada una con un carácter particular. Todas sumisas y complacientes. Y fieles. Y putas en la cama. Leonas salvajes dispuestas a darlo todo. Cada una tenía su estilo, sus gemidos, su squirtting, sus orgasmos, sus puntos sensibles, sus pezones de diferentes colores y tamaños, sus tatuajes… Una era especialista en literatura rusa: Nadia; era capaz de hablar de Dostoiesky, Tolstoi y Bulgakov. También sabía de música y de pintura. Era insaciable. Tenía una boquita pequeñita de labios finos y unas piernas extra-largas rematadas con un culito abombado y un chichi pequeñito pequeñito. Circe era una guerrera; sabía recitarte oraciones de los antiguos monjes mientras practicaba sexo tántrico que remataba en una salvaje explosión de deseo y pasión que la llevaba al éxtasis, mordiendo y agarrando con fuerza a Ciro, mientras se agitaba en violentos espasmos y pedía que le pegara y la insultara. Miel era una niña mala y caprichosa; delgadita y refunfuñona; sensual y adorable. Parecía que ibas a romperla, pero era una amante perfecta, capaz de adaptar su vagina a cada pequeño relieve de la polla de Ciro y de hacerle vibrar hasta el paroxismo. Y le tocaba canciones tristes con el piano, desnuda y brillante…

Una fatídica mañana, Ciro recibió una alerta en su email: XRealKarumiDolls© sacaba una edición limitada de 10 muñecas preconfiguradas por los mejores artistas de muñecas del momento. Cada una era única y original. Irrepetible. Había 10 muñecas diferentes, a un precio estratosférico, pero no podías verlas antes de comprarlas; eran una sorpresa. Ciro se lo pensó: le gustaba saber exactamente cómo iban a ser sus chicas. No sólo en el físico, que eso era fácilmente modificable, sino en forma de ser. Las quería dulces y gamberrillas; protestonas y celosetas, pero no mucho; comprensivas con sus infidelidades y amantes de las orgías en las que sólo había una polla. Eran cultas y educadas, con sus propias ideas acerca del mundo… Eran perfectas.

Pero esta oportunidad… Sí, era una pasta, pero la tenía. Le sobraba. Lo iba a hacer. Se ahorraba toda la customización. En tres días tendría un nuevo juguete. Y prometía… Ciro esperó pacientemente, jugando con sus muñequitas, esos días vestidas con orejitas y lencería estampadas de leopardo y el pelo rosa pastel, azul celeste o violeta grisáceo; quería sentirse Ciro un cazador galáctico. Y ellas jugaban perfecto. Ni siquiera sangraban cuando Ciro se volvía loco y les pegaba e insultaba cuando su polla ya no respondía.

Opal llegó por su propio pie. La dejó un dron de XRealKarumiDolls© en la puerta del palacio. Se acercó a Ciro y éste quedó completamente paralizado. Apenas pudo firmar el contrato de aceptación y oír las alertas de cobro, activación de la personalidad de la muñeca y del seguro. La miró incrédulo; aquello era mejor de lo que podría haber imaginado.

Opal era sobrenatural, magnética y brillante. Ciro no podía apartar su pensamiento de ella. El príncipe pasó las dos primeras semanas encerrado con ella, ajeno a las más mínimas normas de conducta en palacio; no comía ni cenaba con la familia, no atendía a las escasas obligaciones que tenía con el reino, no quería ver a las otras muñecas, no hacía nada más que disfrutar de Opal hasta la extenuación: follaban, charlaban, debatían, daban paseos por los jardines del palacio, le pegaba palizas, la humillaba delante de las otras muñecas… Aquello duró un par de meses, hasta que, poco a poco, Ciro fue recuperando las buenas maneras: tríos con otras muñecas, orgías, recepciones en palacio, visitas a las plantas de caramelo… Eso sí, siempre con Opal muy muy cerca. Ella era ahora imprescindible; Ciro la necesitaba a su lado cada día y cada noche.

Sin embargo, cuando Opal cumplía sus primeros 6 meses con Ciro, apenas pasados unos meses, Opal le dijo a su dueño: ¿Por qué no me compras un muñeco? Quizás podríamos jugar los tres juntos. Será divertido. Aquello pilló a Ciro descolocado; todas sus muñecas tenía la fidelidad hetero programada en su ReptilianBrainAdvanced©. Era al primera vez que Ciro se enfrentaba a algo así: otro muñeco, otra polla… Pasados unos segundos, le pegó tal bofetada a Opal que ésta cayó al suelo varios metros más allá. A continuación, Ciro se lanzó como un energúmeno sobre ella y le dio una paliza salvaje hasta que le sangraron las manos.

Con la respiración todavía entrecortada por el esfuerzo Ciro fue a buscar los papeles de Opal. Debía haber un error ¡la fidelidad se daba siempre por supuesta! Pero no encontró referencia alguna a la fidelidad; en el apartado donde debía indicarlo sólo había un espacio en blanco… Trató de llamar al teléfono de atención al cliente, pero no contestaba nadie. Miró en la web de la empresa, pero había desaparecido. La empresa se había esfumado. Abrió su navegador y buscó noticias de XRealKarumiDolls©. Habían cerrado hacía 2 meses de forma misteriosa. Todos sus directivos habían desaparecido una noche. Se estaba investigando, pero no había nada. Llamó infructuosamente a todos sus amigos, todos sus contactos, diferentes agentes… Nada. Se los tragó un agujero negro. A todos.

Aquella noche Ciro la pasó con Opal. Toda la noche. Ella trataba de calmarle con palabras dulces mientras ocultaba, en modo avergonzada, los cortes y rasgaduras en su piel artificial; pero él seguía como loco. No quería tocarla, pero no podía estar sin tocarla. Se acercaba, la besaba, la olía, la tocaba, la abofeteaba y se alejaba asqueado de ella. Y así pasó la noche hasta que se calmó e hicieron el amor. Y le dio otra paliza.

Al día siguiente Ciro se levantó de buen humor. Opal estaba abrazada a él. Era preciosa. Y dulce. Era lo más bonito que había visto nunca. Y ella respiraba tranquila. Se levantó y la dejó allí lamentando tener que dejarla así, tan deseable.

Pero por la noche Opal volvió a sacar el tema de muñeco. Había aprendido del día anterior, así que esta vez trató de explicarse: yo no puedo estar sola, tú tienes muchas obligaciones como príncipe, las otras muñecas necesitan entrenamiento, ella también necesita entrenamiento para ser cada día mejor para él… Ciro volvió a darle una paliza. Esperó paciente a que ella acabara sus argumentos mientras la rabia crecía dentro de él. Y se desfogó a gusto. Estuvo casi una hora golpeándola. Cuando ya no pudo más con sus puños empezó con todo lo que pillaba a mano. Hasta vomitó.

Y así siguieron durante semanas. Pero con cada paliza la rabia de Ciro se iba apagando. Él la deseaba, la necesitaba, la quería, la amaba… ¿Y un muñeco? No era tan grave. Había estado espiando a Opal: no miraba a ningún hombre, no salía si él no estaba, no tonteaba, no respondía a nadie. A fin de cuentas, un muñeco no sería un rival, era como un cargador de conocimientos con un conector diferente. Además, él podía elegir al muñeco. Le pondría una copia de su propia polla. Más pequeña mejor. Y un poco más bajo. Y menos atractivo. ¿Y de carácter? Puf, qué palo… ¡qué cojones sabía Ciro de tíos! Que lo elija Opal, si tanto lo necesitaba.

La noche en que le dijo a Opal que le regalaría el muñeco le dio una pequeña paliza y se la folló como si no hubiese un mañana. Y ella le regaló la mejor noche de sexo de su vida.

Cuando Enzo llegó Ciro ni siquiera salió a verlo. Había pedido una copia suya ligeramente inferior. Ya sabía lo que era.

Las primeras noches Enzo permaneció sentado y expectante en el harén mientras Ciro disfrutaba de Opal y de algunas otras chicas. Ciro lo observaba de reojo con desprecio, pero era amable con él y cuando se iba a dormir le pasaba su mano por la cabeza y le decía: «Quizás mañana te invitemos…».

Hasta que una noche Opal le susurró a Ciro: «Llama a Enzo«. Él se sintió raro; quería ver qué hacía Opal, pero no le gustaba la idea de compartirla. Pero accedió a los deseos de aquella princesa. Enzo se acercó sensual. Sensual incluso desde la perspectiva de un hombre. No era afeminado; era una copia de Ciro. De cerca, no parecía que le hubiesen hecho mucho caso en la customización. Se había pasado incluso. Era casi casi como él. Pero un poquito más grande, justo lo contrario que había pedido. Se le pasó por la cabeza reclamar, pero estaba hasta los huevos del dichoso muñequito, así que lo dejaría estar. Pero iban a oírle…

Opal pareció florecer en cuanto sintió una segunda polla cerca de su culito. Ciro vio cómo cambiaba su cara y se arqueaba su cuerpo y se puso atómico. Enzo, mientras tanto, miraba a Ciro directamente a los ojos; pero no en plan flirteo gay, sino explicando sin palabras lo que iban a hacerle a Opal entre los dos. Ciro se sorprendió de la conexión con aquel muñeco, pero siguió el juego. Y Opal lo dio todo.

Las noches siguientes, Enzo pasó a ser un compañero inseparable de Ciro. Lo que lograron extraer de aquellas muñecas no puede describirse: era algo no programado, un más allá de la inteligencia artificial con que estaban dotadas. Algo mágico. Y poco a poco, Ciro empezó a cogerle gustito a notar la polla de Enzo en el otro agujero de Opal. O cuando la metían ambos por el mismo. Después empezó a cogerle gustito a agarrar los músculos de Enzo con fuerza mientras se corrían al unísono. Y a que le cogiera a él.

Hasta que una noche Enzo le pidió a Ciro no llamar a ninguna chica: sólo ellos dos. A Ciro no le hizo mucha gracia, pero no por deseo, sino por lo que iban a comentar las muñecas entre ellas. O los muñecos-eunucos-sirvientes. Pero sin pensárselo mucho se abalanzó sobre la boca de Enzo y lo empezó a besar. Enzo hizo lo mismo, y antes de que se dieran cuenta estaban revolcándose en la cama como dos bestias poseídas por el infierno del deseo.

Ciro estaba realmente cachondo. Era asqueroso, pero estaba muy muy cachondo con aquel muñeco que era casi casi como él. Tenía a Enzo detrás suyo, penetrándolo y agarrándole el miembro con fuerza. Ciro estaba a punto de desmayarse cuando notó el primer golpe. Fue un puñetazo en la sien. Y el segundo, un codazo en la columna. Y cuando Enzó se separó violentamente de él, arrancándole la polla, y se abalanzó para seguir golpeándolo y pateándolo.

Ciro perdió el mundo de vista; sólo sentía dolor y perplejidad. Sin rabia, sin nervios. Sabía que ya estaba muerto. Aquel muñeco le había reventado por dentro. Notó cómo una patada reventaba su hígado. Sentía cómo sus riñones se desparramaban dentro de él.

Lo último que oyó en esta vida fue la voz de Opal, preciosa y dulce, que vestida de colegiala mala le decía con cariño: «Hijo de puta«.

OcéanoInfierno

El Dandy Punq

One comment

  • Jaime Tàpia Ibáñez García-Huidobro dice:

    Interesante cuento homoerótico, con la justa dosis de deseo, curiosidad y entrega. La pasión (enfermedad) y el explorar cosas nuevas, a veces, mata de placer.

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