Recuerdos

Yo, hace tiempo, fui otro.

I can still feel the Darkness

océanoinfierno

y cada noche lloro un poquito. sólo un poquito, con suaves gemidos que arañan la nada. sedientos recuerdos que buscan los labios. y, entre murmullos, tus aguas escapan.
trasoñando, en mi viente acaricio tu cara. escucho, te oigo y despierto. me muero. y cruzo el océano y bajo al infierno. desierto.
allí veo estrellas que aún no han nacido. anoche murieron. y hoy yo las veo.
tus ojos, tus besos, tus labios, mis manos. vacías recorren la estela llagada, que duele, que arrulla, que entierra y no mata.
pandemónium. las hordas caídas perdieron su orgullo. antes el paraíso. arrastran las alas y negros pendones. hicimos temblar parasiempres eternos. y qué amargo es ahora el destierro.
mintieron. dijeron que había otras tierras. juraron que había otros mares. volé sobre espuma hasta el filo del cielo.
y no encontré nada. y no había tierras. y no había mares. y no estabas tú y mis alas ardieron. mintieron.
ahora se abren grietas de fuego. me llaman, me acerco, me hundo y te quiero. y cada noche lloro un poquito.
sólo un poquito.

di9K8kLATAhora yo solo.
Conmigo sinnadie.
Silencio.
Mil cimbales.
O soy yo el que aporrea.
Lamento… fui yo el que mató a la princesa.
Vestida de negro, recuerdo.
Su cuello, sólo su cuello.
Caliente.
Libando su sangre presiento mi vida.
Tú: tierra.
Yo: aire.
Empiezo.
Despierto.

Un sudor, helado que corta, resbala en mi espalda. Lo sé, esa manía de dormir en corriente va a matarme, pero, para ser sinceros, la muerte no es un futuro tan terrible. Mejor me levanto.

Café, ducha y me afeito. Las ocho: estos madrugones están arruinando mis demenciales ciclos del sueño. Un sábado a estas horas de la mañana tienes que ser un enfermo para afrontar con algo, no mucho, de dignidad la vida.
Y yo, evidentemente, soy un enfermo.

Trastorno dipolar, ansiedad aguda, depresión, migrañas… todos con bonitos nombres para catalogar, codificar, cosificar y explicar lo que me pasa. Y todos con bonitas pastillas y venenos para ayudarme: trankimazin, prozac, rivotril, seroxat, seropram, valium, ignatia amara, natrium muriaticum, flores de bach, litio…
Nadie tiene el remedio, pero todos tienen explicaciones y ayudas.

Venga, me afeito.
En la calle un frío criminal. No entiendo porqué el amanecer es el instante más horrible, meteorológicamente hablando, y a la vez el más extático, estéticamente hablando.

Los únicos no jubilados son, como yo, tíos de 30 años, psicópatas potencialmente peligrosos, emocionalmente inestables y con claras tendencias a estallidos ultraviolentos. Un observador lejano sólo vería a unos chicos sanos madrugando para hacer tai-chi, aunque, de cerca, los ojos nos delatan. Al menos a mí: tristes, perdidos, con promesas de infierno y dulzor, con historias terribles…

taichichuan-Mañana vienes, ¿no?-
-¿Dónde?- pregunto perplejo. Supongo que a sus 60 ajados no me estará haciendo una oferta sexual, pero, vivido lo vivido, me espero cualquier cosa.
-Al maratón- dice mientras me pasa una fotocopia con un listado de unos cuarenta nombres estúpidos que imaginaré grupos de tai-chi. -¿No lo sabes? Mañana hacemos una jornada de 12 horas seguidas de tai-chi en el Maremágnum, bla, bla, bla- y aquí se explaya en describir el punto exacto en el que podré localizarlos. Como si fuera sencillo esconder a nosecuántos cadáveres haciendo artes marciales a cámara lenta.
-¿Vendrás?- pregunta ante mi aturdimiento.
La pregunta me parece absurda, pero mi respuesta es la bomba, y no precisamente por ingeniosa: -Lo intentaré-.
Todos tenemos giros peculiares que nos delatan al hablar o escribir y el lointentaré es mi credencial; lo digo unas cien veces al día y siempre con el mismo significado: -siendo sincero, me suda la polla y no voy a planteármelo siquiera, pero ser tan explícito denotaría una falta de clase demasiado vulgar y yo soy diferente-. Así, me limito a gestionar expectativas.
A la vieja esta le importa una mierda si voy o no, pero en relaciones más personales el lointentaré es una de las herramientas básicas del kit del manipulador suicida. No puedo evitarlo, soy un profesional.
-¿De qué coño habla éste? ¿Otro vividor demagogo que vende su suicidio imaginario como si fuera una superpopstar?-.
-¡Pues no, señoras y señores! Ya estoy muerto. Me asesiné yo mismo y ahora me limito a deslizarme desbocado por una espiral descendente hacia la decadencia moral, arramblando cuanto se atraviesa en mi camino-.

Podría inventar miles de excusas para justificarme (en esto también soy un profesional): explicaciones verosímiles que se pasan por el forro de los cojones la navaja de Occam; pero no lo haré. No es que esté especialmente orgulloso de ser maquiavélico, pero tampoco lloro por las noches pensando en ello. Las lágrimas me las reservo para el ‘perverso placer de la automortificación’.

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A mí también me avergüenza

Seguimos.

Otra vez en casa. Uhm… regaré las plantas: lo hago. Limpiaré el baño: lo hago. Haré la cocina: a medias. Barreré el piso: creo que paso.
Pongo una lavadora: agua fría, ‘of course’, norma básica número 2 del aclamado “Manual de supervivencia sin mamá”. Otra cafetera. No puedo más. Música: es un decir.

Cuatro horas levantado y llevo media cajetilla. Si no fuera porque he estado 2 horas haciendo tai-chi y los desplazamientos en moto con casco cerrado todavía cabría justificarme, pero algo (¿qué será?) me dice que del cáncer de pulmón no me libra ni Dios (no soy ni tan bueno ni tan malo ni tan imbécil como para recibir un milagro).

En todo caso, da lo mismo: el otro cáncer, ese miasma negro, ese plasma espeso semejante a petróleo que se extiende lento e inexorable por mis vísceras, me llevará mucho antes.

Adelante.

No sé cuándo lo noté por primera vez. Simplemente surgió.
Descubrí que no estaba solo; que, como una medusa, era una factoría de monstruos venenosos de vidas efímeras.

medusaHead_zps0ec3296bPor las noches yo era todos los actores de mis trasueños: mil caras, mil voces, mil fragmentos, mil tiempos, mil mentiras, un cuerpo. Y luego la angustia: la ponzoña que me impele a huir quemando los barcos. Buscando, buscando y sabiendo; sabiendo que tienes que buscar algo que no sabes qué es pero que sabes que no vas a encontrar. Saber muchas cosas y no saber nada.
Un fuego que arde en tu pecho y te ladra que sigas; los ensordecedores truenos que marcan boga arrancada; el silencio que precede al desastre, mis nervios…
Lo que sentiría un astronauta perdido en el espacio sabiendo que no van a rescatarle y cuya única esperanza es, por lo menos, que el inevitable destino se retrase un poco más mientras la inercia le acerca a la nada.
Un dolor ancestral que rezuma en los pulmones hasta estallar en mi lengua desatando un odio salvaje. Ese odio que alimenta al asesino, mi caníbal, el endófago.

-¿Te quedas a comer?- pregunta mi madre.
Es evidente que un parásito emancipado (yo, claro está) no puede dar un sí rotundo a la primera; por eso de las formas y parecer independiente.
-¿Qué hay?-. Es retórica. En mi casa sólo podría tratar de hacer una ensalada de canónigos, chocolate, paté, yogur caducado, mermelada de naranja amarga, nocilla y pan duro. Mi endeble economía tampoco me permitiría cenar fuera y hacerlo solo podría acarrearme además graves consecuencias mentales.
-Albóndigas que han sobrado de la comida, quesos y ensalada-.
-Vale, me quedo- digo con entonación de ‘os hago un favor’. La verdad es que no tengo la certeza de lo que he hecho al mediodía. He comido con ellos seguro, pero me parece un sueño muy lejano. Voy a tener que tomar las medicinas a sus horas y a evitar mezclarlas con vino.
No es que sea alcohólico, porque sólo tolero el vino tinto del bueno, pero ya paso de los dos vasos (¡vasos!) diarios. ¿Preocupante? Según se mire…

Todos a la mesa. Me gustaría hablar, explicar qué me pasa, cómo me siento. Todos lo esperan con amor y comprensión, sin presiones ni reproches, con naturalidad. Y mis palabras se ahogan en los pulmones. No llegan ni siquiera al ademán.
A veces quisiera explicar lo reales que siento las negras alas en mi espalda; que la maldad pura y refinada son tan fuertes en mí que son tomadas por dulzura y pureza divinas. Quisiera correr, gritar, saltar, llorar… y no puedo. Sigo encadenado a la silla, comiendo en silencio, preocupando a todos. A todos menos a mí.

Me vuelvo a casa aterido en la moto.
Este frío y esta noche me evocan algo muy agradable, un momento de felicidad absoluta. No sé cuál, pero muy lejano; ¿meses quizás?

El piso está helado, pero dadme rivotril y diez minutos y trasoñaré en un oasis, sintiendo el sol en mi cara y el olor de las palmeras.

Me tomo el veneno y me preparo una cafetera con medio cubilete de café: no por no dormir, porque cada noche me tomo una cafetera, sino porque si lo lleno no me quedará café para mañana.
Debería apuntarlo en la lista (sí, esa que está desperdigada en cien sitios) pero la medicina ya está causando estragos en mi coordinación.

Otro día, otra noche. Mil días y mil noches. Una ola gigante que arrastra niños muertos y coches bomba atraviesa el salón. Y luego, como si todo el resto fuese un sueño muy lejano, el circo de los imbéciles: el fútbol. Me avergüenzo de la humanidad. Yo no soy como ellos. En mi orden de preferencias el fútbol ocupa la posición 347.123, justo por detrás de la actividad sexual del escarabajo pelotero tunecino durante la hibernación y, por supuesto, muy por debajo del olor que desprenden las hojas del magnolio al ser partidas.
Esto último puede ser comprensible, pero lo otro… es que soy muy mío.
Las tres de la mañana. Me levanto a las siete. Soy un capullo.

Los días pasan y no mejoro. Mi armadura es cada día más consistente, pero sólo protege aire: caliente pero aire.

Despierto.

La bestia no ve. La bestia no escucha. La bestia no habla. Guía mis pasos imperturbable hacia el abismo. Sin verlo noto el abismo a mis pies. Estoy ciego. Estoy sordo. Estoy mudo. Quieto. Muy quieto y acurrucado.

Despierto.
07:50, primera alarma.
07:55, segunda alarma.
08:00, tercera.
08:05, 08:10, 08:15… 08:45. Llego tarde.
La ducha sale fría. La leche está cortada. No hay pan, ni galletas ni nada. Mermelada a cucharadas, chocolate y café: dieta mediterránea.
Habrá que ir a comprar (nótese la indeterminación del sujeto).

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Al volver del trabajo me han limpiado la casa. Alguno de esos enanitos que ayudaban al zapatero del cuento. Mamá ayuda al hijo-desastre. Debería avergonzarme, pero el piso da gusto. Nunca había estado tan limpio y es la primera vez en tres meses que la cama está hecha con sábanas.

He visitado, o más bien, me ha visitado, una nueva psiquiatra. Ésta de la sanidad pública. He tratado de explicarle todo pero creo que no ha entendido qué me pasa: supongo que cuando explico mis sentimientos, por falta de hábito, soy inextricable.
Me ha reducido el seroxat cuando le he explicado que, incluso con erección total, tardaba hora y media en eyacular y me ha comentado la posibilidad de que necesite psicoterapia. No comentaré lo que opino.

Tengo la sensación de ser diferente a los demás. Pero no esa diferencia entrecomillada que te convierte en alguien interesante a los demás, sino algo mucho más profundo. La sensación de que el mundo entero sabe algo que yo desconozco, que se afanan en ocultarme la llave de la subsistencia tranquila y relajada del conformismo.
Pero a su vez sé algo que ellos no saben ni podrán alcanzar jamás a percibir. Y empleo la palabra sagrada ‘jamás’ conscientemente.
Si tratara de explicarlo creo que ni yo mismo lo entendería.
Es una pulsión telúrica que percibo claramente, una empatía absoluta con el color del cielo y el olor de los océanos, un latido imperceptible que entra en resonancia con las neuronas de mi corazón.
Es la certeza de un más allá sin adornos que lo embellezcan o hagan misterioso, sin dioses ni infiernos, sin criaturas siderales ni reencarnaciones, sin eternidades ni monstruos. Una onda infinita que hace vibrar todo el universo al ritmo de un débil e imperceptible tintineo caótico.

Siempre

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Las negras olas susurran la luna.
Un viento helado corta los labios que acechan.
La noche huele a mar, pinos y sangre.
Ola a ola, gota a gota, beso a beso.
Despierto.

Día tras día una princesa vestida de negro se aleja.
Y mi tristeza es cada vez más profunda y menos aparente.
Frío y distante a los otros.
Los estertores de mi alma se marchitan entre lágrimas que no supe derramar.
Y el horizonte se esconde en la niebla.
Buscando en mis manos heridas profundas me pierdo en mentiras.
Mañana será diferente.
Mañana seré fuerte.
Mañana.
Siempre mañana.
Despierto.

El mundo entero se ha paralizado, pero no por mi desgracia ni por el dolor que generosamente reparto entre quienes me aman, sino por un partido de fútbol: barça-madrid, creo, pero me la suda.

Otra vez en casa, conmigo sinnadie. Sin ella. Dije adiós y me fui. Como los héroes románticos: disfrutando de su propio dolor y fracaso.

Ahora veo que he fracasado en todo a pesar de ser la persona más afortunada del mundo. Todo me sale bien, consigo siempre lo que me propongo, me crezco como un gigante frente a la adversidad… pero soy incapaz de asumir la victoria. Me abrasan los premios y me amargan los tragos de triunfo.
Arrancadme los laureles y veréis cómo llagan mi frente.

Mi lucha cotidiana es contra mí mismo, contra mi inconformismo, contra mis ansias y mis anhelos, contra mi valor y contra mi miedo… Porque sé que más allá del horizonte hay otro horizonte y otro más. La evolución consiste en moverse sin dar un paso atrás en círculos concéntricos que se expanden imperceptibles a nuestros pies en saltos gigantes que no percibimos cegados por nuestra molicie y gregarismo, atrapados en el cieno de la comodidad y la sumisión a un destino impuesto por el azar.
Quisiera arrancarme la ropa y correr desnudo gritando como un loco hasta ella y abrazarla y besarle el cuello y hacerle el amor… pero no puedo. Tengo tanto amor pugnando por salir que se ha quedado atrancado en mi garganta y languidece estirando los brazos hacia una luz que no llega. Y este dolor que causa en mi pecho y muestra sus garras ante cualquier atisbo de felicidad no se marcha ni encoge ni envejece.

-Buenas noches, ¿qué quieres?- me pregunta la chica con voz cálida e insinuante.
-Una orquídea- respondo desplegando todo mi arsenal no verbal, más por flirteo que por deseo.
Me guía por la floristería (abierta 24 horas al día, 365 días al año, un milagro único en el mundo, creo) mostrándome generosamente sus ojazos y el resto de sus encantos de un modo mal disimulado.
-Esta noche es la última que trabajo aquí; he encontrado otro trabajo en un sitio más feo pero mejor pagado.-
No digo nada, pero tampoco dejo traslucir que me deje en paz.
-Acabo a las dos de la mañana, dentro de media hora…- dice sin acabar la frase y dejando entrever algo que ya sé qué es.

No sé si aceptar el envite o hacerme el tonto. Decido seguir con la orquídea; no es que no sea atractiva, que lo es, pero no es mi estilo el ir follando por ahí con la primera que se me insinúe.
Regreso orgulloso de mí mismo, por la fortaleza de mis convicciones, con una orquídea preciosa que hará de reloj para marcar el tiempo que me doy para solucionar mi vida.

Por alguna extraña razón, una fuerza interior me impele a complicar las cosas más sencillas; a hacer que dos y dos no sean cuatro sino un problema metafísico que empieza en el coño del universo y abarca la indeterminación de las órbitas atómicas.
Lo primero que debo hacer, desde la perspectiva de un nuevo yo reinventado, es simplificar la lógica de las cosas que pueden explicarse de un modo más sencillo.

Veo la tele sin mirar nada en concreto: zapeo y zapeo sin encontrar nada interesante. Del 1 al 10, del 10 al 1, el 3, el 7, el 1… y vuelta a empezar.
Enseguida me canso, claro, pero sin la tele, sin la posibilidad de aburrirme con ella cuando me apetezca, me sentiría peor.
¿Una alegoría? Sí y no.

Validez hasta, caduca el, consumir preferentemente antes del, no usar después del, desechar a los tres meses de abierto… todo tiene un final más o menos prefijado, pero su origen es mucho más esquivo.
Los aniversarios y monstruarios (de monstruo, evidentemente) sólo son garabatos en una agenda, ese diario escrito antes de vivirlo. ¿Otra alegoría? Quizás.
El hecho es que estoy solo y no veo muchas alternativas.


free vintage digital stamp_eiffel towerReitero: he fracasado. Quería ser poeta como Baudelaire y no lo soy. Ni vivo en París, ni estoy enamorado de una puta (ni siquiera he follado nunca con ninguna), ni soy alcohólico (todavía), ni malvivo de mis poemas.
No es culpa mía; ese París bohemio o el de ‘La Puerta de las Lilas’ ya no existe. Tal vez nunca existió y sufro el síndrome de la nostalgia no vivida (que tendrá su nombre científico pero que yo desconozco). Ser un maldito exige un pago, y estoy dispuesto a ello. Pero no sé cómo.

Empiezo a ver “Adiós, muchachos”. La primera vez que la vi fue con mi prima María y mi hermana Beatriz en estreno y versión original en francés. Hace tiempo, no recuerdo cuánto.
Ahora, verla solo resulta deprimente, pero tendré que ir acostumbrándome.

Hoy alguien de pocas luces me ha explicado lo que es la soledad como si fuera un sabio:
-Llego a casa, saludo a mi madre, saludo a mi padre, entro en la habitación y la soledad abre sus brazos y me dice ‘Hola, cariño’-.
Lo dice con ojos tristes pero sin percibir lo profundo de su reflexión. Me temo que se lo ha explicado alguien. Y ahoga sus penas saliendo de fiesta cada día, huyendo hacia delante, hacia nada.

Otra noche en soledad. Creo que volveré a las dosis asesinas de seroxat. En el móvil ni llamadas ni mensajes. Es curioso, antes rezaba para que no los hubiera, y ahora…

Entre café y café, vino y cigarrillos. Si lo viera en una película diría que es patético, pero como es mi vida me callo.

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A veces, en mis trasueños, siento que las cosas son simples estadísticas y coincidencias, datos apilados que nadie sabe extrapolar pero de los que todos extraen conclusiones. Y no precisamente que no tienen ni puta idea del porqué, sino groseras explicaciones a hechos simples y mágicos que no requieren cosmogonías para justificar su existencia.

A veces también me obligo a creer en mí, a confiar en el poder de mi voluntad, a asumir un desafío forjado con semen y palomitas de maíz.
Ahora en cambio estoy postrado ante mis temores, acurrucado en unas sábanas que no dan el calor que necesito.
Génesis y Apocalipsis se abrazan lascivamente y danzan en derredor mío lanzando ora muerte ora vida.
Me duermo.

Escribo mensajes que no envío, tengo libros que no leo, compro música que no escucho, lucho por cosas que no quiero… es como follar y no eyacular; aunque esto último también me pasa. Bueno, para ser sincero sólo me follo a mi mejor amiga y acabo llegando, pero con unos calambres que tiene la pobre de escándalo. Tendré que aprender a usar la izquierda para no descompensarme.

Mi memoria es mediocre. Puedo pasar semanas con un libro de esos de mil y pico páginas de historia novelada y, al día siguiente de cerrar la última página, ser incapaz de recordar el nombre del autor, el título del libro o cómo se llamaba el amigo del protagonista. Creo que estudié telecomunicaciones porque derecho me hubiese resultado imposible
Consciente de esta limitación y, a pesar de mis esfuerzos por añadir pasas y nueces a todas mis ensaladas, procuro eludir las citas literales o nombrar a las cosas por su nombre exacto.
Mis neuronas, que son infalibles en el campo lógico-deductivo, se aterrorizan frente a títulos, nombres, fechas…
Quizás ésa sea la causa de mi instinto maquiavélico pertinaz: la manipulación constante me asegura prever el resultado sin necesidad de adivinarlo analizando las causas.
¿Tonterías? Seguramente, pero es verosímil. Al menos para mí.

Es la una y mis bienamadas medicinas empiezan a dilatarme las pupilas preocupantemente.

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Ahora empiezo a darme cuenta de que la posibilidad de estar loco, o de acabar siéndolo, no es tan remota como preferiría creer. Mis lagunas adquieren personalidad propia, mis sueños son reales y mi realidad es una pesadilla.
Y lo peor es que tengo la impresión de que la locura sería un mal menor.

Me asalta la duda de porqué los psiquiatras preguntan si sueñas en blanco y negro o en color. Yo personalmente no podría responder. ¿Es que el cerebro asocia inconscientemente el pasado con las películas en blanco y negro? ¿Es un mecanismo para ocupar menos memoria en recuerdos eliminando la gama cromática? ¿En el siglo XII había gente que soñara en blanco y negro? No lo sé. Seguro que nadie lo sabe.

Otro domingo. Y van mil. O cien mil, según se mire. Brilla el sol y hace mucho frío.
Cojo la moto y me voy a Montjuïc a ver el sol y la mar. Desde arriba todo es mucho más bonito. Incluso la mierda brilla. Desde arriba.

Dónde coño está el trankimazín… estoy solo y en unos minutos voy a tener un ataque de ansiedad. O quizás sean unos segundos. Lo he dejado junto a mi felicidad en un sueño clandestino a orillas de un mar de besos.
Los que más te aman son los que menos pueden ayudarte.

El día de hoy pinta mal. No me preguntes porqué, pero lo intuyo. No sé si es normal percibir la adversidad: sólo sé que voy a acabar el día llorando entre espasmos sin motivo alguno. Así que me levantaré despacito, pondré el café y algo de música y me arreglaré un poco. Cuando era un crío pensaba que llegaría a hacer algo grande. Algo grande de verdad. Iluso. Y sigo siéndolo.

Hay muchas citas y frases que me fascinan. Una de ellas es notablemente embarazosa:

“Voy siguiendo, con la seguridad de un sonámbulo, el camino que trazó para mí la providencia”.

¿De quién es? Con toda seguridad de su ministro de propaganda.

-Hola Álex- me saluda la psiquiatra. Raro porque hasta la semana pasada era el señor Aísa. -Creo que tu problema más acuciante es que eres un manipulador y eso contamina el resto de tu vida.
Me limito a asentir, incapaz de contrariarla.
-Has leído mucho y te limitas a jugar a pedirme diferentes medicinas distorsionando la realidad que me cuentas a tu antojo- prosigue -así que lo mejor es que vengas, me digas qué medicamento quieres probar, te extiendo la receta y te vas. Así no perdemos el tiempo ninguno de los dos-.
Trato de buscar alguna réplica pero no me sale. Me levanto. -Muchas gracias por todo, doctora. Es usted muy buena. Nos vemos en el mundo exterior- y me voy.

Como una barrita de incienso, mi vida y mi cordura se consumen lentamente entre aromas de lugares que nunca he visitado y que, sin embargo, me resultan tan familiares como mi cama. Cerrando los ojos puedo sentir el cálido sudor que me empapa en la jungla, los mosquitos y los ruidos, las rachas de luz que se cuelan por entre las verdes cimitarras de árboles cuyo nombre resulta impronunciable para mi boca. Escucho muy quieto el rumor del rodillo de la vida que susurra muy cálido el ritmo de mis latidos. Y todo huele a muerte mientras los ojos ven la impetuosa asfixia que acelera la rueda: ya empieza y ya muere y ya nace de nuevo.

Silencio. Suavemente la brisa juguetea con mechones de mi cabello para que el sol me bese los ojos. Despacio estiro mi cuerpo aterido y herido de muerte.

Arno_Dorian_renderMi rutina.
Café, afeitado, ducha, vestirme…
La moto. Llego tarde, como manda los modales de un dandy decadente.
-Buen día, buen día, buen día…-. Enciendo el ordenador. El primer café. E-mail, reunión, preparar documento, llamadas, buscar en internet, propuesta…Sexto café.
Revisar documento. Más llamadas. Las dos. A comer a casa de mis padres (capítulo 7, párrafo 3 del “Minimanual de guerrilla urbana” mal traducido del portugués). Minisiesta. Moto y al trabajo otra vez. Pim, pam, pim, pam. Las ocho. Al gimnasio: abdominales, flexiones, conversaciones banales sobre mujeres…
Ducha y a casa de mis padres a dar las buenas noches y a justificar que me voy a cenar solo a mi casa: la discusión adquiere la frecuencia de tradición.
-¿No cenas nada?- pregunta mi padre.
-Cenaré en mi casa-.
-¿De verdad no prefieres que te prepare algo?- pregunta mi madre.
-No, en serio- digo yo.
-¿Y cenas solo?- mi padre.
-Sí, solo-.
-Pues toma algo y te vas- contraataca mi padre.
-No, que se me estropea la comida- ¿se me estropeará el café molido?.
-Tú verás, aquí tienes cena- dice mi madre.
-Buena noche- siempre en singular.
-Buenas noches- mis padres y hermana en coro.
Moto y a casa. Vino, queso, patatas, chocolate y café. El menú básico número 3 del celebérrimo “Vivir solo: el arte de cocinar sin ganas ni tiempo”.
Zapeo desganado la caja tonta y la apago con hastío. Música, café y cigarrillos. La una, las dos, las tres. Minando sañudamente mi integridad.

Despacio, inseguro, indeciso, zigzagueante… mi sendero discurre atravesando ciénagas y desiertos, por mares contaminados y montañas vertedero. Ya veo una luz, ya me arrojo al infierno; ya oigo los trinos, ya graznan los buitres.

Hoy a sido un mal día. No podría explicarlo, pero ha sido un día terrible. Objetivamente nadie podría adivinarlo: se me ha insinuado una chica bastante potente con una elegancia deliciosa, he cumplido mis objetivos de trabajo, he ido al gimnasio, me he masturbado 5 veces (con una mujer me resultaría difícil copular 2 veces), estoy escribiendo, he cenado inocentemente con una amiga… Superficialmente soy afortunado.
Sin embargo, todo eso lo he visto, oído y sentido desde otra galaxia a miles de años luz de todo y de todos. Desde un mundo silencioso y acelerado en el que la vida, la historia y la religión no son más que una caótica sucesión de imágenes, olores, sensaciones, sentimientos, ruidos y sabores. Donde el tiempo pierde su sentido porque el ahora es procesado cuando han pasado muchos años y el mañana ha empezado.
Atado a unos dioses de los que he renegado y que lloran sangre cada vez que yo vuelvo.

Despierto.

Mira al asesino a los ojos.
Mírame muy quieta.
Guía mis manos hasta tus oídos
Y te susurrarán el dolor que sienten
Al hundir las gargantas.
Acerca tu cara a mi pecho
Y sentirás el palpitar de mi angustia.
Huele en mi boca la sangre
De los inocentes que tan dulce sabe.
Sí, fui yo.
Yo las maté.
El asesino.
Yo…

Despierto.

Nunca quise hacer daño. Surgió. Como el sol por el Mediterráneo. Y el Mal se apoderó del timón. Con palabras de razón guió mi ruta hacia un mar enfurecido rasgado de arrecifes cuyo fondo custodian los millones de pecios que me precedieron y que también sucumbieron al maremoto de la realidad.
Aquí no hay dioses ni héroes. Aquí no hay lógica ni amor. Aquí hay tumbas y sueños incumplidos. Aquí están mis besos. Aquí estoy yo.

2012_01_17_1326765688_85Llego de ver “La zona gris” en v.o.s.e. y me veo impelido a escribir. Me siento extraño. No puedo comprender que seres dotados de la capacidad de comunicarse y racionar fuesen artífices de ese Horror. Un Horror con mayúscula opuesto a toda entelequia poética referente a estados anímicos. Algo ininteligible ni en circunstancias extremas.
Estoy hablando de una situación en que, si de mí dependiera, sería necesario borrar a toda la raza humana y volver a empezar desde los chimpancés, los orangutanes y los gorilas.
No puedo creer que queden imbéciles que confíen en la bondad intrínseca del ser humano e, hipócritamente, rechacen cualquier guerra que no les reporte beneficios directos. Suelen ser putos burgueses que nunca han padecido, ni por asomo, privaciones y que disfrazan su fascismo de izquierdismo tabernario.

Estoy mal, realmente mal. Unos días en que mi alma llora el cáncer que consume mi consciencia. Unos días que me están tatuando los gritos que no di cuando debía. Días para eyacular semen negro sobre páginas en blanco.
En vano trato de autoinsuflarme una fuerza de la que carezco. Ahora veo claro que los Héroes son siempre anónimos y que sus hazañas nunca se escriben porque sólo ellos pueden sentirlas y comprenderlas. Los Héroes son aquellos que conservan la fe y la esperanza hundidos en el cieno. Son aquellos que mantienen su lucha cotidiana contra el muro de las desgracias con una franca sonrisa en el pecho. Son las silenciosas hordas de ángeles que no desfallecen al destino y sueñan con cambiar lo que no se puede cambiar.

Me masturbo 3 o 4 veces al día. Y lo peor de todo es que ni siquiera me excito. Es un acto de reafirmación pueril que resulta patético a mis 29 años. Pero como soy yo y es mi vida prefiero eludir el análisis.

De nuevo solo en casa. No puedo decir que me aburra porque cuando estás al borde del abismo el no hacer nada en especial supone que estás luchando contra tus instintos autodestructivos. Y, siendo sinceros, es una lucha extenuante.

Mi día a día se compone de miles de luchas hueras contra fantasmas esquivos. Y lo poco bonito que quedaba en mi interior se marchita inexorablemente como flores arrancadas.
Lo que más me duele es haber asesinado al soñador y poeta que fui. Mis mentiras, mis intrigas, mi maldad… Sí, maldad, el mal inconsciente que esparce dolor y me calma al infligirlo; la oscuridad que acciona los resortes y engranajes de la máquina de inquina, el conciliábulo de mis monstruos urdiendo perversos juegos que devastan los cuentos y socavan mi conciencia. El mal inconsciente y abstracto del odio puro, absurdo, sin causas ni objetivos.

Mi hermano y mi enemigo. Mi gloria y mi castigo. El Apocalipsis narrado en primera persona por la mano que, voluntariamente, rebana el cuello de los dioses con un dedo y un botón.

2757_batman-arkham-city-prevNunca quise llegar a esto pero he llegado.
Nunca imaginé que este momento llegaría.

Pero ha llegado.

Una vez, fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

Una vez fui otro. Una vez fui otro.

OcéanoInfierno

Un Anunnaki Punk

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